miércoles, 3 de noviembre de 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
Nudos-dos
Algunos nudos se van deshaciendo. Otros, sin embargo, cada vez tiran más, y se van cerrando con más fuerza.
En China no pude entrar en el blog. Siempre se me olvida. Creo que me pasa porque es algo que no se puede entender. Que en el año 2.010, en un país como China, con una imagen tan moderna, en el que viven ya más de 1.300 millones de personas, de los cuales se calcula que 400 entran en internet (siempre me hacen gracia estas estadísticas de millones de personas) no se pueda entrar en ningún blog de blogger o de wordpress, o a youtube y tantas otras webs. Que siga teniendo tantas prohibiciones y siga tan cerrado. Se olvida. Cuando uno llega allí a trabajar, o de viaje de lo que sea, y sale y entra, y ve a toda la gente vestida con las últimas tendencias y con tantos carteles y luminosos por la calles. Se olvida. Que luego en cada casa, o en cada universidad, cuando una persona se mete en internet no tiene acceso a una lista infinita de blogs. Están bloqueados.
Luego en Hong Kong, con sus rascacielos que parecen montañas y tantas ventanas. Siempre me quedo mirando esas ventanas diminutas e incontables, imaginando qué puede estar pasando en cada una de ellas. El tifón se desvió. Pasé por Bangkok, mi querida Bangkok, la ciudad donde siempre pasan cosas tan bonitas. Había un conejo en el cielo. Por allí sí había pasado Megi y estaba todo inundado.
Ahora, en India, los namaskar y las sonrisas continuas, desde el corazón, suavizan el alma. Me he quitado las zapatillas de cordones y me he puesto las sandalias. Ya no tengo nudos. Sólo pies al aire.
domingo, 30 de agosto de 2009
Sin clasificaciones
Ha dejado de llover. Son las ocho de la tarde en Chiang Mai. El agua ha limpiado el aire, y el sonido nos ha limpiado la mente. Entramos en un bar del Night Bazaar. Una barra pequeña, unas mesas de madera fuera y un billar al fondo. Música de los Rolling, camareras con vestidos muy cortos y sonrisas perennes. Nos sentamos. Llega un chico con una scooter, aparca en la puerta y entra. Saluda a todas las camareras como si se conocieran de toda la vida. Y se sienta en la barra, con su cerveza Singha. Juega con sus manos, con sus uñas. Mientras, otro hombre, mayor, llega con otra scooter. Y también saluda a todas las chicas con grandes abrazos, demasiado cálidos para ser Tailandia, quizás normales en ese bar. O en cualquier bar de esa calle. Estoy sentada en una de las mesas de madera con mis hijas. Les han regalado dos globos a cada una. La chica del vestido más corto que se abraza a uno y se abraza a otro, ha estado hinchándolos y se los ha puesto con una goma en las muñecas.
Nos traen un zumo de sandía, un sprite y una Singha. Las niñas juegan con los globos. Y mientras, observo, y pienso. Y sonrío a las camareras. Y nos miramos y nos entendemos. Nos reconocemos. El hombre mayor, que parece ir un poco pesado, se pone a hablar con el joven. Probablemente en cinco minutos de conversación se cuentan cosas que no pueden compartir con otras personas aparentemente más cercanas. El joven va lleno de tatuajes, barba de cinco días. Ahora enseña los tatuajes a una de las camareras, tiene un brazo entero tatuado con frases, palabras, una detrás de otra... y se las lee a la chica, y ella va tirando de la piel para poder leerlas.
Traen la comida, Tom Ka Gai, mi sopa preferida thai, y un pollo con jamón y queso para las niñas. Cenamos. Bebemos. Reímos. Ríen. Sale una mujer mayor thai de dentro de la cocina con un niño pequeño y se acercan también a la barra.
El hombre mayor sale y cruza la calle estrecha hacia al chiringuito de masajes que hay justo enfrente. Dan masajes por 120 baths la hora, un poco más de 2 euros. Se tumba y una chica le empieza a tocar los pies. Nos quedamos más tranquilos.
Estamos todos bien. Los niños, el de los tatuajes, las chicas de los vestidos cortos y sonrisas amplias, la mujer mayor. No hay clasificaciones, ni hay clasificados. Todo está mezclado, todo es igual.