
Hay días chungos. Sí, chungos. No me gusta esa palabra, pero lo define bien. Y son así porque te sientes así. Porque quizás ya la noche anterior te fuiste a la cama así. Y en lugar de levantarte sonriendo al sol, te levantas con una nube en la cabeza, una nebulosa llena de pensamientos, de preguntas. Intenta comprender. Intenta comprender porque una persona que estuvo tan cerca una vez, que es el padre de una de tus hijas hace eso. Intenta comprender porque vive así, porque te hace daño, porque no esperó a hablar y prefirió ir al juzgado. Y esa mañana que te has levantado chunga porque no comprendes y tienes que ir a un despacho frío con una mujer que hace el papel de mediadora y un hombre que cada día entiendes menos. Que tienes que ir a firmar unas medidas, unas horas, unos tiempos. Sí, todo escrito. Sí. Sí. Insisten. Y yo digo. No. No. No quiero más papeles. A la mierda con todos estos papeles. No quiero papeles. Quiero poder hablar. Quiero poder decir, escuchar, cambiar. Porque siempre va a ser mejor que lo que diga el juez, dice ella. El juzgado es una lotería. Y si el juez dice que una semana en casa casa? o un mes en cada casa? es una locura. Pues firma. Firma. Y no quiero firmar. Y tantas dudas. Y regreso a casa en bici, con sol, pero con esa nube multiplicada por diez que hace remolinos sobre mi cabeza. Sobre mi corazón. Y me cuesta pedalear. Pero siempre se puede dar la vuelta. O casi siempre. Y buscar el sol. No ese sol, el que sí que está. No ése. El otro sol, el de dentro. El que borra esas nubes y te llena de calor. Y me arreglo. Me quito las zapatillas. Me quito la camisa azul. Y me pongo mis botines de tacón y mi camisa de raso de flores chinas. Y colorete. Y acudo a la cita con mis amigos calamitas. Y entonces hablamos de sacos de dormir y de chimeneas, de nuestra escapada a la casa de T en la montaña. Hacemos listas en los posavasos. Tomamos canapés de chorizo con té, vino con pastas. Hablamos de Haz, con H y con Z. De hacer algo entre todos que nos guste. Cuerpos desnudos tatuados con cachirulos, infanticos amamantados por una costurera, pubis recortados con la silueta de la Virgen del Pilar. Y reímos. Reímos sin parar. Todos voluntarios de modelos desnudos. Belle K nos habla de platos con esferas de sabores de todos los continentes. Después, algunos se van a casa y otros nos quedamos a cenar. Papas bravas y comida árabe en el sitio de Abdul. Y hablamos de cosas que desaparecen. Sin más. Desaparecen.

