viernes, 21 de octubre de 2011
lunes, 10 de octubre de 2011
mirar. observar. amar.
martes, 13 de septiembre de 2011
in india
sábado, 27 de noviembre de 2010
Ese pequeño punto azul
jueves, 28 de octubre de 2010
Nudos-dos
Algunos nudos se van deshaciendo. Otros, sin embargo, cada vez tiran más, y se van cerrando con más fuerza.
En China no pude entrar en el blog. Siempre se me olvida. Creo que me pasa porque es algo que no se puede entender. Que en el año 2.010, en un país como China, con una imagen tan moderna, en el que viven ya más de 1.300 millones de personas, de los cuales se calcula que 400 entran en internet (siempre me hacen gracia estas estadísticas de millones de personas) no se pueda entrar en ningún blog de blogger o de wordpress, o a youtube y tantas otras webs. Que siga teniendo tantas prohibiciones y siga tan cerrado. Se olvida. Cuando uno llega allí a trabajar, o de viaje de lo que sea, y sale y entra, y ve a toda la gente vestida con las últimas tendencias y con tantos carteles y luminosos por la calles. Se olvida. Que luego en cada casa, o en cada universidad, cuando una persona se mete en internet no tiene acceso a una lista infinita de blogs. Están bloqueados.
Luego en Hong Kong, con sus rascacielos que parecen montañas y tantas ventanas. Siempre me quedo mirando esas ventanas diminutas e incontables, imaginando qué puede estar pasando en cada una de ellas. El tifón se desvió. Pasé por Bangkok, mi querida Bangkok, la ciudad donde siempre pasan cosas tan bonitas. Había un conejo en el cielo. Por allí sí había pasado Megi y estaba todo inundado.
Ahora, en India, los namaskar y las sonrisas continuas, desde el corazón, suavizan el alma. Me he quitado las zapatillas de cordones y me he puesto las sandalias. Ya no tengo nudos. Sólo pies al aire.
martes, 26 de octubre de 2010
New nómadas
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Lovear Berlín
Me gustan los graffitis. Cada vez se ven más por todas las ciudades. En algunas quedan bien, en otras no. En Berlín quedan bien. Muy bien. Imagino todas las paredes de nuestras casas, las de los hospitales, las de las panaderías y las de los hoteles, las bibliotecas y las universidades. Todas llenas de graffitis. Todas las aceras y todos los asfaltos. Las vías de tren. Imagino todas las pieles de nuestros cuerpos tatuadas. Todas las hojas de los árboles escritas, todas las bicis pintadas. Imagino un día en que todos los blogs, todas las fotografías, todos los textos que hay colgados en webs, en "nubes", salen de los cables, se materializan y se proyectan en el cielo. Y ocupan todo. No quedan huecos. No podemos leer. No podemos ver ningún agujero. Todo lleno de palabras, de imágenes, de frases. Buscaríamos un hueco, un espacio, blanco o azul, por el que salir, y respirar. Un silencio. Imagino buscar ese espacio, y tirar ese cielo entre todos, y encontrarnos con otro cielo, limpio, en el que no hacen falta las palabras ni las imágenes, porque lo sentimos dentro de nosotros, en nuestra retina, a través del pensamiento, de nuestro pecho, de la mirada, de nuestras manos. Sintiendo las personas, sintiendo la naturaleza.
Me gusta que sea otoño, que esté todo el suelo lleno de hojas, que haya niebla, que haga frío. Y ponerme gorro, y bufanda, y manoplas. Y caminar.
Me gustan los waffles con chocolate y nata.
Me gusta probarme ropa militar de segunda mano con Berta.
Me gustan los árboles. Me tengo que comprar un diccionario de árboles. Me gustan los diccionarios.
Me gustan las caras. Me gusta mirar la piel de las personas, las miradas, sus manos, su caminar. Y pienso si vivían en el este o en el oeste. Qué tienen en sus cabezas y en sus estómagos, después de haber vivido aquello. Cómo se sienten. Si encuentran sentido. O si no lo encuentran.
Me gustan los yogui teas con leche y miel en vasos grandes de cristal tipo Ikea.
Me gusta pasear por East Side Gallery y ver a Yunus, paseando, sin comitiva alguna, con su chaqueta beig, sin nada que le abrigue en el cuello. Y acercarme, y estrecharle las manos, y decirle que le admiro, y que también creo que un mundo sin pobreza es posible.
Me gusta ver a la gente caminar con maletas por la calle. Me imagino un mundo nómada, donde todos vamos con mochilas o maletas de ruedas de 50x40x20. No hace falta más. Y vamos cambiando de ciudad, de país, de continente. Vamos caminando, siempre a pie. Para ver desde todos los ángulos, para ver de otra forma, para ver desde dentro.
Me gusta Mauer Park. Me gusta calentarme alrededor de un cubo de hojalata, metiendo astillas de madera, poniendo manos con manos, de distintos colores y distintas pieles, todas juntas, alrededor del fuego, como si fuera un ritual. Sí. Un ritual. El ritual de la libertad. Me gusta calentarme así como si fuéramos vagabundos. Me gusta esa imagen. Todos vagabundos.
Me gustan las ventanas grandes, antiguas, sin persianas ni cortinas. Vacías, transparentes.
Me gusta la sopa de zanahorias, ginger y coco en el sitio de Franziska. Escuchando a Leonard Cohen. Mirando por la ventana las bicis, y los árboles, y las hojas. Y escribir en mi cuaderno.
Me gusta poder estar aquí el 9 de noviembre del 2009. y que 2 y 9 sumen 11 = 9.11.11 . Bonita fecha. Y que 9+4 sumen 13. Bonito número. Y que 3+1 sumen 4. Aire, fuego, tierra y agua. Norte, sur, este, oeste. Primavera, verano, otoño, invierno.
Me gusta que haya un río. Me gustan los ríos en las ciudades, y pasear por ellos, y mirarlos y vivirlos.
Me gusta que todo el suelo sea de arena. Imagino una playa gigante en la que empezaron a hacer castillos con restos de materias que venían del mar o del río, y construyeron más y más hasta que ya no se veía que debajo había arena. Ahora ya no se sabe que debajo de Berlín hay una playa.
Me emociono bajo la lluvia la noche del 9. Con el dominó gigante. En la puerta de Brandemburgo. Parejas abrazadas bajo paraguas o sin paraguas. Personas solas. Niños. Alemanes, polacos, italianos, españoles. Da igual. Estamos todos allí. Y me estremezco cada vez que salen imágenes de lo que fue, cada vez que miro a los ojos de las personas que tengo al lado. Un chico nos hace un hueco debajo de su paraguas. Hablamos con él. Es del este. El tenía dieciocho años cuando cayó el muro. Tenemos la misma edad. Probablemente no es lo único que tenemos en común. Ninguno de los que estamos allí, o aquí, o ahí. Llueve. Gotas y gotas de agua que caen en piedras desgastadas, en arenas escondidas. Y limpian, y serenan. Y ayudan a crear una revolución silenciosa, más allá de las palabras, más allá de las imágenes.
Me gusta Berlín. Loveo Berlín.
jueves, 8 de octubre de 2009
El humo que ruge
Así es como llaman a las cataratas Victoria, Mosi-Oa-Tunya, que significa el humo que ruge. En la época seca, a partir de noviembre, el rugido no es tan salvaje porque el río viene con menos caudal. Sin embargo, y precisamente por eso, porque hay menos agua, se puede cruzar caminando por rocas, bordeando las cataratas, sintiendo sus grietas, y asomándote al vacío por ángulos que te dejan sin aliento, hasta la Isla de Livingston. Allí, a pocos metros ya de de la caída del agua, te quitas la ropa, y te zambulles en sus aguas, nadando detrás de un guía hasta llegar al mismo borde de las cataratas. Es salvaje, es pura vida. El sonido, el vapor, la adrenalina que corre por tu cuerpo. Túmbate boca abajo y agárrate con las manos a la roca, te dice el guía mientras te sujeta los pies. Y te agarras y te asomas al vacío, y te sientes uno con el agua, con las rocas, con el cielo, con Zambia, con África, con la vida... Y das gracias.
domingo, 30 de agosto de 2009
Sin clasificaciones
Ha dejado de llover. Son las ocho de la tarde en Chiang Mai. El agua ha limpiado el aire, y el sonido nos ha limpiado la mente. Entramos en un bar del Night Bazaar. Una barra pequeña, unas mesas de madera fuera y un billar al fondo. Música de los Rolling, camareras con vestidos muy cortos y sonrisas perennes. Nos sentamos. Llega un chico con una scooter, aparca en la puerta y entra. Saluda a todas las camareras como si se conocieran de toda la vida. Y se sienta en la barra, con su cerveza Singha. Juega con sus manos, con sus uñas. Mientras, otro hombre, mayor, llega con otra scooter. Y también saluda a todas las chicas con grandes abrazos, demasiado cálidos para ser Tailandia, quizás normales en ese bar. O en cualquier bar de esa calle. Estoy sentada en una de las mesas de madera con mis hijas. Les han regalado dos globos a cada una. La chica del vestido más corto que se abraza a uno y se abraza a otro, ha estado hinchándolos y se los ha puesto con una goma en las muñecas.
Nos traen un zumo de sandía, un sprite y una Singha. Las niñas juegan con los globos. Y mientras, observo, y pienso. Y sonrío a las camareras. Y nos miramos y nos entendemos. Nos reconocemos. El hombre mayor, que parece ir un poco pesado, se pone a hablar con el joven. Probablemente en cinco minutos de conversación se cuentan cosas que no pueden compartir con otras personas aparentemente más cercanas. El joven va lleno de tatuajes, barba de cinco días. Ahora enseña los tatuajes a una de las camareras, tiene un brazo entero tatuado con frases, palabras, una detrás de otra... y se las lee a la chica, y ella va tirando de la piel para poder leerlas.
Traen la comida, Tom Ka Gai, mi sopa preferida thai, y un pollo con jamón y queso para las niñas. Cenamos. Bebemos. Reímos. Ríen. Sale una mujer mayor thai de dentro de la cocina con un niño pequeño y se acercan también a la barra.
El hombre mayor sale y cruza la calle estrecha hacia al chiringuito de masajes que hay justo enfrente. Dan masajes por 120 baths la hora, un poco más de 2 euros. Se tumba y una chica le empieza a tocar los pies. Nos quedamos más tranquilos.
Estamos todos bien. Los niños, el de los tatuajes, las chicas de los vestidos cortos y sonrisas amplias, la mujer mayor. No hay clasificaciones, ni hay clasificados. Todo está mezclado, todo es igual.
sábado, 23 de mayo de 2009
Resaca en Hong Kong
El Gobierno ha aconsejado desinfectarse las manos lo más frecuentemente posible, me dice May mientras se pone un gel en las manos en la puerta de los ascensores. Estamos en la entrada de su oficina, un edificio enorme en Lai Chi Kok, que tiene cuatro ascensores, con cuatro pantallas planas de televisión, y desde hace un mes con unos dispensadores de gel para desinfectarse las manos. Lo pruebo también, al principio parece que se te quedan las manos pegajosas, pero enseguida se evapora, y se quedan totalmente secas y se supone que cien por cien limpias. No me gusta, prefiero el agua y el jabón de toda la vida. Los botones del ascensor están forrados con plásticos y encima hay otro cartel que avisa de que cada hora, sí, cada hora, se limpian todos los botones de los ascensores. Los de fuera y los de dentro. No me lo puedo creer, intento hacer cálculos de cuántos botones puede haber en Hong Kong, cuántas casas, cuántos ascensores, cuántos botones... cuánto desinfectante...
Llegamos a la oficina, y como en todas las oficinas de Hong Kong, hace un frío del demonio, tienen el aire acondicionado a tope. Me pongo una chaqueta. Y me meto de lleno con la colección de bañadores para el verano del 2010: colores, tejidos, estampados, muestras, tijeras, celo de doble cara, cámara de fotos, folios, dibujos, boli negro... Me dejan sola, y estoy feliz, con horas por delante para hacer la colección tranquila, con una oficina enorme, con el aire acondicionado que me lo han bajado, y con una taza de té chino que no sé cómo, pero siempre que se vacía entra alguien y me la llena... igual tienen cámaras o la taza tiene un dispositivo para que cuando se quede sin líquido dentro suene una alarma.
A las doce entran a preguntarme qué tal voy, ya es la hora de comer. Si tengo tiempo podemos comer en un restaurante que hay abajo, es un cantonés buenísimo. Sí, voy muy bien, hasta las cinco de la tarde que tengo que salir hacia el aeropuerto tengo tiempo de sobra... Y bajamos en el ascensor, con los botones forrados, y caminamos al restaurante, que está pegado al centro de oficinas. Me encantan las recepciones de estos restaurantes. Una mujer con un chisme en la oreja, el restaurante a rebosar siempre, y un plano de todas las mesas delante de ella lleno de chinchetas de colores. Nosotros como teníamos ya una mesa reservada pasamos directamente. Qué bien, una mesa en la parte del final en una esquina tranquila, fuera de todo el jaleo. Una bendición. En este restaurante tienen unos dim sum de morirse, le digo a May que pida por favor. Si, sí, claro que sí. Llevamos más de doce años trabajando juntos y tenemos confianza para decir qué nos gusta y qué no. De repente un olor horrible, muy fuerte. Judy ha abierto el sobre con la servilleta supuestamente refrescante que ponen siempre en los restaurantes, se lo pregunto, y es que ya no son refrescantes, ahora son antisépticas, vaya peste. Espero que no sea perjudicial tanto desinfectante... Nos han puesto de aperitivo unos pescaditos pequeños, y me acuerdo del anuncio de pequeñines no. Los ponen con cacahuetes. Me dicen que a muchos compradores no les gustan. A mi me gustan, me encantan, están buenísimos. Pero les explico lo de pequeñines, y me dicen, tranquila, estos son así de tamaño, pero no quiere decir que sean pequeños, son adultos. Ah, bueno, si son adultos me los como sin remordimiento de conciencia... Empiezan a traer platos. Me gustan mucho las comidas de Asia porque se comparte la comida. Y me encanta compartir, probar de todos los platos, un poco de aquí, un poco de allá, con un poco de esta salsa, o de esta otra... Es aburridísimo comerse un plato entero uno solo. Me siguen poniendo té, y mientras, doy golpecitos en la mesa con los dedos índice y medio, como manda la tradición, dando las gracias. Verduras, dim sum, gambas, sopa, spring rolls que no se parecen en nada a los de los restaurantes chinos de España, hasta la masa es diferente, es como un papel fino crujiente... Todas las mesas están vestidas, las sillas también, de una tela blanca adamascada. Las paredes enteras con cortinas rojas, siempre rojo para dar buena suerte, y una televisión en lo alto. No lo entiendo, esto de las televisiones, de verdad que no lo entiendo. Están poniendo las noticias, en Japón va a más la gripe porcina. Y empezamos a hablar de la gripe, y de cómo ahora pasa todo tan rápido en países tan dispares, en cómo puede cambiar todo de un día para otro. Hace dos meses estuve en México.. les estoy contando, y se me quedan horrorizados los tres mirando y preguntando cuándo estuve exactamente allí. Me río. Me parto de la risa. No, no os preocupéis, hace dos meses. No sé si se quedan muy tranquilos, y seguimos hablando de las medidas que han tomado en Hong Kong. Judy me comenta que es obligatorio tomar la temperatura cada mañana a los niños antes de ir al colegio, y firmarlo, sino se la toma la profesora. Cada día, cada mañana. Las noticias han terminado ya y empieza un programa de cocina. Qué risa, como en España. A la hora de comer, programa con recetas y cocina en directo, y sale el Arguiñano hongkonés haciendo algo extraño con verduras. Terminamos de comer con unos dim sum dulces rellenos de una crema de yema de huevo con algo más que están deliciosos. Y volvemos a la oficina. De camino veo que han abierto muy cerca una cafetería de Segafredo. Ummm, qué bueno, y qué bien me vendría... llevo varios días durmiendo una media de cinco horas. Entramos y pedimos dos cafés para llevar, sólo para May y para mí, Judy y Mr. Chan no toman nunca café. Hay unos italianos en una mesa comiendo unos panini… con la de cosas tan buenas que hay en Hong Kong... mamma mia...
Subimos a la oficina, May se vuelve a desinfectar las manos...
Y lo entiendo. Ellos han vivido ya un virus, el SARS, y saben qué es. Lo han vivido en sus propias pieles, y hace sólo seis años y medio. Entiendo que tomen todas las precauciones del mundo. Estuvieron aislados, murió muchísima gente en Guangzhou y no se decía nada. En enero estuve allí... da pena, han cerrado muchísimas fábricas, y muchos sitios parecen lugares fantasmas. En el hotel que estuve durmiendo, un hotel nuevo y enorme, igual estábamos cuatro huéspedes. Estaba allí desayunando con una amiga de Hong Kong que vive y trabaja en Guangzhou entre semana, y recordaba lo que había pasado cuando brotó el SARS. En su edificio en Guangzhou murieron casi todos sus vecinos... y no se decía nada. Tardaron meses en decirlo. Les aislaron. Es normal que sean ahora tan precavidos, seguramente exageradamente precavidos, pero es lógico, es la resaca del miedo.