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sábado, 5 de diciembre de 2009

La casa rosa


9.45. Hora del café. A esa hora salía todas las mañanas del banco. Sólo media hora. Antes iba al bar de la esquina, y se tomaba un café, leía un periódico, quedaba con alguna amiga... Pero desde hace ya tiempo esa media hora había pasado de la columna de tiempo haber a la columna de tiempo deber. Cuando no tenía que hacer la compra, tenía que ir a recoger unos pantalones de su marido, o comprar una cartulina para Sofía, o una medicina para Black, que cada día estaba más viejo y enfermo, o un regalo para una fiesta de cumpleaños... Daba igual. No sabía cómo, pero cada día, esa media hora estaba ya cogida. 


Ese día salió como siempre. Llegó a Mercadona, con su lista de la compra escrita con un rotulador morado de Sofía y dividida por secciones. Iba haciendo el recorrido del supermercado, como si fuera virtual. Lo veía perfectamente. Entrando a la derecha gel  y champú, enfrente pasta de dientes, giro a la izquierda, suavizante, detergente y demás productos de limpieza. Enfrente, agua destilada, bolsas de basura. Giro a la derecha, pan, galletas, cereales, y recto a la izquierda, yogures, mantequilla, a la izquierda, leche... Y así, pasillo por pasillo. Las hacía en orden. Y de esta forma, en menos de quince minutos tenía todo lo que necesitaba en su carro.


Antes, apenas había gente a esas horas de la mañana, sólo alguna persona mayor. Pero ahora estaba lleno. A cualquier hora, estaba lleno. Y de gente joven, mayor, muchos solos, con la mirada perdida y con carros medio vacíos. Quizás el estar allí, y llevar el carro en lugar de la cesta, calmaba de alguna forma el miedo a pasar hambre, a perder esa oportunidad de comprar, de no poder comprar, de no poder vivir, de no poder alimentar a tu familia.


Llegó a la caja. Siempre llevaba ordenado el carro. Limpieza por un lado, lácteos por otro, tetra briks o bebidas... Pero ese día había mucha gente. Y sólo había una cajera. Y todo el mundo parecía tener mucha prisa. Empezó a poner las cosas encima de la cinta negra sin ningún orden, intentando sacar toda la compra lo más rápido posible. Se empezó a marear. La cajera, con unas manos impecables y uñas pintadas de rojo sangre, iba cogiendo la leche, los huevos, el gel, el aceite, sin ningún orden, tal como iban saliendo de la cinta. Para ayudarle, lo empezó a meter en bolsas de plástico. No, no, dijo ella. No utilizo bolsas de plástico, llevo la mía de tela. La sacó, y todo el mundo le miraba mal, porque quizás habían perdido dos minutos en sacar las cosas de la bolsa de plástico y ponerlas en la de tela. Sólo la cajera de las uñas pintadas de rojo sangre le miraba con otros ojos. Disculpe, sólo quería ayudarla, dijo discretamente mientras le ayudaba a meter las pechugas de pollo y las latas de tomate triturado en la bolsa de tela. Gracias, sonrió ella. Empezó a colocar todo en el carro. Estaba desordenado. No podía cambiarlo otra vez. Daba igual. Lo dejó así. Y sacó su tarjeta de crédito para pagar. No llevaba el bolso. Lo dejaba todo en la oficina cuando salía. Ni siquiera llevaba el abrigo en invierno. Sólo cogía su cartera pequeña cuando salía a las 9.45 del banco. La cajera de las uñas pintadas de rojo sangre pasó la tarjeta. La pasó una vez. Y luego otra.  Perdone, ¿tiene alguna otra tarjeta? Esta no me la coge. Las personas de detrás ya resoplaban. Se oían los suspiros ya casi desesperados. Pero sobre todo se notaba en el aire. Tenso. Como miles de cuerdas estiradas, demasiado estiradas y a punto de romperse. No llevaba más tarjetas. Ni tampoco llevaba dinero. Ni tampoco le quedaba tiempo. Se acordó de que la semana pasada había pagado la reparación del coche, y que era final de mes, y que se podía haber acabado su límite mensual. Necesitaba llevarse la compra. Luego ya no tenía otra media hora. Sintió que se rompía algo dentro de ella. Algo se soltó, de golpe, sin avisar. Se había roto una de las cuerdas. Se cayó. La cajera de las uñas pintadas de rojo sangre llamó al servicio de atención al cliente. En los últimos meses habían tenido que triplicar el personal en esa sección. Llegó una de las enfermeras con una inyección. Ya está, ya está, tranquila. Le puso la inyección. Ella sólo notó un pinchazo, y luego ya paz, calma. Sintió que no había más columnas, ni más tiempo, ni más carros. Sólo veía las uñas pintadas de rojo sangre que le daban un vaso de agua. Perdone, ¿podrían avisar en mi trabajo y a mi marido por favor?  Trabajo en la oficina del Bancoworld de la calle Herrera. Sí, lo sabemos, no se preocupe, ahora mismo les llamamos. 


Se la llevaron a la casa rosa que tanto le gustaba. Era un descanso. Eran paréntesis en su vida. Allí le daban pastillas, dormía y paseaba. En los últimos años habían abierto más casas rosas por toda la ciudad, pero esa era su preferida. Había muchos árboles. Cuando salía a pasear se quedaba horas mirándolos. 

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Pantallas


Bienvenida a PC city. Bienvenida a PC city. Sonrío. Les doy las gracias, y pienso en cuándo van a dejar de darme la bienvenida y me van a ayudar... Es por la mañana, un día entre semana, apenas hay clientes. Y hay varias camisas moradas con el logo de PC city deambulando por allí. Todos caminan nerviosos, sin rumbo, moviéndose de un lado a otro de la tienda, como coches con mandos a distancia averiados que no paran de ir hacia delante y hacia atrás sin ningún sentido. Al final, uno de los que me ha dado la bienvenida me confirma que en breve una persona me ayudará. Gracias. Aparece un chico, con la camisa morada, con la frase célebre: bienvenida a Pc city. Estoy por echarme a llorar. Lo dice como un disco, sin alma. Su piel está muy blanca, tiene ojeras, sudor frío. Quería mirar un netbook y una impresora. Nos acercamos a los netbooks. Y como si tuviera todos los datos grabados en un disco duro comienza a recitar todas las características que por otra parte puedo leer en el mostrador. Va hablando, sin parar, sin ritmo, mirándome pero sin mirar. Le corto. Sí, muy amable. Y me lo dice dos veces más. Sí, muy amable. Sí, muy amable. Bienvenida a pc city. ¿Se habrá rayado? Estoy por pararle otra vez. Por darle un pisotón a ver cómo reacciona. Está como hipnotizado. Alucino. Al final cojo el broche de la mariposa que llevo en la chaqueta y le clavo la aguja en un brazo. ¿Pero qué hace? ¿Está loca? No le sale sangre. Lo sabía. Lo sabía. De repente todas las pantallas se vuelven más grandes y los ordenadores se abren, salen piernas y brazos y empiezan a caminar. Me acuerdo de la película de G-Force que fui a ver con mis hijas donde todos los electrodomésticos cobraban vida. Aquí pasa lo mismo. Viene la policía. ¿Qué ha hecho? ¿Dónde está el arma? Cogen mi broche de la mariposa. Ah, una mariposa. Claro, otra igual. Nos han descubierto. Le doy al botón de emergencia de la blackberry. La mariposa se convierte en oruga. Yo me convierto en mariposa. Los ordenadores regresan a las estanterías. Las pantallas vuelven a televisar el documental de National Geographic. Es sobre mariposas. Me escondo allí, con otras mariposas, en el documental. Nadie nos ve. 

lunes, 21 de septiembre de 2009

Canas y caramelos de naranja

Tengo muchas canas. Me gustan las canas, pero no me quedan bien, se me ve el pelo a trozos, partes blancas, partes morenas, partes quemadas por el sol... ¿Y si me dejo todo el pelo blanco? Pero entonces me tendría que teñir todo de blanco, y no, no me gusta. Así que me voy a una de las peluquerías que en los últimos años han tomado las calles de todas las ciudades de España. Parece que entras en una nave de extraterrestres, con esa luz tan blanca, tan fuerte y tan fría y una música altísima y estridente que anula todos los sentidos. No hay nada cálido, todo frío. Hola, tengo un curso a las doce, ¿me da tiempo de teñir y de depilarme? Sí, claro. Mientras te hace efecto el tinte te podemos ir depilando. Qué horror, siempre estas manías de aprovechar el tiempo, pffff, odio esa palabra, aprovechar... 

Uno de los tripulantes de la nave me pone una bata de papel negra y me mete un papel en el bolsillo con mi número, como si fuera una oveja que mandan a esquilar. Y allí mismo  otra chica llena de piercings me dice dónde me tengo que sentar. Sigo sus órdenes obediente y me siento, saco mi libro, e intento abstraerme de la música y de la luz. Qué martirio. Con lo que me gustan los sitios donde te puedes relajar... Pero ¿quién me manda ir allí? Sí, recuerda, pagas la mitad de lo que pagabas en otras peluquerías, sí, la mitad. Es verdad, ya me acuerdo. Bueno, pues a aguantar. Es sólo un rato, cambiar el color de mis queridas canas y ya está. Aguanta. Regresa la chica de los piercings con un bote lleno de un potingue color crema. Y con un pincel me empieza a extender el susodicho potingue color crema por toda la cabeza. ¿Y si inventaran un tinte que no tiñera sólo las canas, sino que también tiñera los pensamientos, de rosa, morado...?  Miro a mi lado, más mujeres cambiándose el color de su pelo. ¿Han existido siempre las peluquerías? ¿Nos hemos teñido siempre el pelo? Me parece increíble, el número de peluquerías, los litros de tinte, las horas invertidas... Una pérdida de tiempo. Si nos quedáramos todos calvos estaríamos muy feos, y no tengo nada contra los calvos, me gustan, pero si hubiera un microondas en casa donde pudiéramos meter la cabeza, poner el programa y salir ya con el color y el peinado que quisiéramos... Sí, eso estaría bien. De todas formas, y sigo pensando en la nave blanca dónde estoy sentada, si hubieran creado el mismo concepto pero con menos luz, con una luz más amable, con una música más tranquila... ¿Cada vez que vengo me pregunto como podéis trabajar todo el día con esta música y esta luz? Le comento a una de las tripulantes. Sí, al principio lo pasas mal pero luego ya te acostumbras... Pero luego ya te acostumbras.... Pero luego ya te acostumbras... Se me queda esta frase dentro, es como una epidemia, contagiosa, muy contagiosa... 

Salgo con el pelo sin canas y con las  piernas sin pelos. Tengo que pasar por el banco antes de ir al curso. Han arreglado la oficina. Ahora es toda naranja. Abro la puerta, y me da la sensación de entrar en una caja de plástico naranja, qué luz tan espantosa. Y que sensación tan extraña, parece que me hayan puesto unas gafas con cristales naranjas, o que sea un caramelo de naranja envuelto en celofán...pfff... ¿Cómo podéis trabajar así? le pregunto a la chica que está en la caja. Sí, los primeros días se nos hacía un poco raro pero luego ya te acostumbras... Pero luego ya te acostumbras... Pero luego ya te acostumbras... 

martes, 31 de marzo de 2009

Rompiendo moldes

Siete y media, despertador. Ducha y desayuno.
A las ocho cuarenta salgo de casa y me encuentro con el Mazda negro, con la furgoneta de Aspace que viene a recoger a un niño, y con el portero.
A las nueve dejo a los niños en el colegio, y me cruzo con el coche de María que llega siempre un poco antes y con el autobús número siete que llega siempre a la vez.
A las nueve y cuarto me tomo un café en el bar de la esquina, leo los titulares del Heraldo y del País. La camarera, Isa, me pone como cada mañana sin ni siquiera preguntar, un café con leche. Entra la mujer de los tacones altos y melena morena y lisa, con sus gafas de sol y su bolso de marca. Detrás entran los cuatro médicos que trabajan en el ambulatorio de al lado y que miran siempre de arriba a abajo a la de los tacones. Mientras, la de las gafas que parece que no se haya peinado en su vida, ni se haya molestado en probar a llevar otro jersey que no sea ese azul clarito de cachemire de abuela, tiene perdida la mirada en la ventana.
A las nueve cuarenta entro en la oficina. Buenos días a los de siempre. De nueve cuarenta a tres y media me quedo pegada a mi ordenador, trabajando delante de la pantalla, o moviendo archivos, o recibiendo y mandando mails, pero siempre con mi mirada fija en la pantalla, no puede ser de otra forma. Sólo me está permitido dejar de mirarla cuando hago alguna excursión al baño o a para sacar el café de las once y cuarto.
A las tres y media salgo y me voy a comer a casa. Paso a comprar el pan por Panishop. No me preguntan, Juana me da una baguette directamente, como cada día.
A las cuatro viene mi marido. Comemos. Y él se vuelve a trabajar y yo me voy a buscar a los niños.
A las cinco y media los recojo. Me encuentro con Cristina, con Eva y con Begoña, como cada día.
A las seis y cuarto llegamos a casa. Deberes, baños, cenas.
A las nueve acuesto a los niños y me pongo a recoger la cocina.
A las diez estoy agotada. Mi marido está también agotado y ni siquiera se ha dado cuenta de que me he teñido el pelo como la morena de los tacones altos.
Me voy a dormir a las diez y media. Y leo, y me duermo, y sueño. Sueño en una vida sin horarios, en la que cada día es diferente, es una sorpresa. Y me siento viva.
Me despierto a las seis de la mañana. ¿Sabes qué te digo? que se acabó. Y me levanto y me voy a correr. Vuelvo, me ducho, y preparo los desayunos con forma de corazones para los niños, y cantamos una canción, y nos vamos a las ocho y media y entramos al cole tranquilamente y nos cruzamos con el autobús número uno, y vemos rostros desconocidos. Y me voy a tomar el café al bar y le digo a Isa que no, que me ponga un té y un croissant, y veo otras caras, y voy a la oficina a las nueve y media y a mitad de mañana me voy a dar un paseo y a tomarme una infusión, y trabajo, me cunde, no muevo sólo papeles de un lado a otro. Sonrío. Y me voy del trabajo y voy a Panishop y cuando me da la baguette le digo que no, que me de uno de cereales, que a partir de ahora voy a probar otros panes. Y llega mi marido a casa, y me río, y le digo que se fije en mi pelo, y que si no lo ve, que venga a la cama, que al lado de la ventana se ve mucho mejor con la luz, y hacemos el amor como hacía tiempo que no lo hacíamos. Y no me da tiempo de comer pero me da igual. Y recojo a los niños antes y se ríen, ¿Mamá qué te pasa hoy? y me río con ellos, y juego con ellos porque lo siento así, y porque me apetece, no porque tengo la obligación como madre de hacerlo. Y bailamos, y hacemos una cena italiana y jugamos a ser cada uno un personaje. Les acostamos, están felices. Yo también. Mi marido sonríe. ¿Sabes qué te digo? que a la mierda con la rutina. Quiero esto para el resto de mi vida. Romper, romper y romper, salir del molde, y crear nuevas situaciones, y buscar nuevas sensaciones, y huir del manto protector de la rutina. Es falsa, está muerta.

domingo, 1 de febrero de 2009

Ikea

Cuatro y media de la tarde de un sábado. Y tengo que ir a comprar unos percheros para colgar muestras en la oficina. Así que cojo una bocanada de buen humor y optimismo para lanzarme a mi gran aventura. Odio ir de tiendas.
Son sólo las cuatro y media y está ya todo a tope de gente por todos los sitios. Bebés, niños, mayores y más mayores, todos en Ikea. Pero qué hacen en Ikea?? Si hace un día precioso para estar dando un paseo, para ir a la montaña o para caminar por el canal, o por la calle, pero al aire libre, viendo el cielo y respirando aire “limpio”, claro, ahora ya… aire limpio en una ciudad… dónde se encuentra...
Lo he mirado en internet y se supone que hay en stock unos de oferta a 20 €. En los demás sitios cuestan casi 80€, y tengo que comprar cuatro. Por eso he decidido aventurarme en esta cruzada.
¿Qué hago? ¿Voy directa a la tienda o me doy el paseo por la exposición? Al final me meto por el paseo a ritmo rápido por si veo algo que me pueda ir mejor: primer gran error. Ya me han engañado.
Voy siguiendo las flechas. Es como el camino de Santiago, pero en lugar de ser las flechas amarillas son azules… aunque puede que sea la única similitud con el camino, las flechas…
Paso por habitaciones, salones, cocinas…Librerías… me apasionan las librerías. Tienen todas llenas de libros y ninguno es español. Todos o, sino todos, casi todos son suecos. Y tienen por lo menos diez de cada uno. Con 280 tiendas que tiene aproximadamente, son 2.800 libros por título. Guauuu, y es un guauuu de wow, de admiración, de sorpresa, no de ladrido de perro. Si fuera sueca hablaría con Ikea para publicar un libro…
Sigo con mi peregrinación. Veo almohadas, edredones.. Me tenía que comprar una almohada, bueno dos, porque mi cama es muy grande. Empiezo a mirar, creo que tengo muy claro las que quiero… pero que va, segundo gran error. Gosa Aster, Gosa Hägg, Gosa Hassel, Kärna, Vädd, Syren… pfff, q empanada de almohadas llevo en el cuerpo. Hay más de treinta tipos distintos. Cada una tiene unas especificaciones distintas, para dormir de lado, para dormir de espalda… Y yo, ¿cómo duermo? Llevo ya diez minutos leyendo descripciones de almohadas, la mirada se me está nublando, me estoy mareando. Voy sola y pienso, si me caigo ahora mismo aquí redonda... ¿Sabes qué te digo? Que paso de las almohadas. Que les den pomada a las almohadas. Me las piro vampiro.
Por fin llego a la sección dónde me han dicho que encontraré los percheros. Pero no veo ninguno, ni veo nada parecido. Después de buscar entre la multitud una camiseta amarilla y azul que se apiade de mí y me diga si hay o no hay, doy con un chico encantador. Sí, tendrían que estar aquí…mmm…pues no, no están. Voy a mirar en el ordenador… Me vuelvo a quedar agarrada a mi carrito vacío, y fijando mis pies al suelo para que la gente al pasar no se me lleve puesta. Vuelve el chico del polo amarillo, nada, no hay, están agotados. Pero si pone en internet que hay stock. Ya, a veces no está bien… Tercer gran error: confiar en internet. Suspiro, le doy las gracias al chico encantador que no tiene la culpa de que el sistema no funcione como Dios manda y me voy.
Dejo el carro y salgo por la caja sin nada. Sin nada. Mmmm… Y veo fuera la tienda de gastronomía sueca. Unas galletas de canela. Qué buenas son. Me compro una caja y me voy a casa, con mis galletas de canela y con un dolor de cabeza del diez. Bueno, dos horas y media, empanada mental, pero por lo menos tienes una caja de galletas. El que no se consuela es porque no quiere.