
Es falta de B12. Es falta de carne roja. Y retumban los tambores. Y no quiero comer esa carne. Silencio. Y olor a incienso. Y quiero azul y no quiero rojo. Y ya no me llamo azul porque ya no quiero más nombres. Porque me confunde, porque me pierde. Porque no quiero más pantallas, porque no quiero más perfiles.
Retumban los tambores y todo palpita.
Quiero horizontes, quiero tocar la tierra, mancharme las manos. No quiero teclados, no quiero cables, no quiero luces fluorescentes.
No pasa nada. La B12 se inyecta. Y la aguja de una jeringuilla traspasa mi piel. Y entra un líquido que no conozco dentro de mi. Y me inyectan otra en el cerebro. Son pantallas. Dicen. Y luego me ponen otra piel cubriendo las palmas de mis manos. No se nota. Es muy fina y transparente. Se comunica con las pantallas, con tu mente. Ya no necesitas ratón, ni teclado. Está en tus dedos. Dicen. Ya no te hacen falta enchufes, ni ordenadores. Ahora está todo dentro de ti. Y retumban los tambores. Y luego otra vez el silencio. Ese silencio.




